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jueves, 25 de junio de 2009

CIUDADES QUE NO FIGURAN EN NINGÚN MAPA: LONDRES

Londres se asienta sobre un complicado terreno con forma de semicilindro, con una parte de la ciudad elevada perpendicularmente sobre la otra. Los aviones entran en la ciudad justo por atrás de esta zona elevada y se meten directamente en el subsuelo, ya que el aeropuerto se encuentra bajo tierra, aunque dada la peculiar disposición perpendicular del terreno, más que "bajo tierra" habría que decir, "dentro de la pared".

El río Támesis atraviesa Londres por la parte más elevada. El hecho de que no se desborde, pese a su inclinación de 180 grados con respecto a la ciudad baja y pese su localización en la parte más alta, se debe que la sustancia que por él fluye no es agua, sino una espectacular especie de gelatina brillante, de color verde esmeralda en algunos puntos y azul marino en los otros. Yendo hacia abajo desde el río, pasamos por la zona en la que está el aeropuerto: hay un vertiginoso mirador que domina espectacularmente los barrios medios y bajos de la ciudad.

En el barrio medio destaca el espectacular palacio del Zar corrupto, hecho de zinc, cobre y oro; rodeado por una extensa jungla amazónica. Más abajo está la ciudad normal, con su mezcla de viviendas elegantes, barrios soviéticos, neogótico, vulgar y art decó; también algunos rascacielos ultramodernos, de metal azul y vidrio, con forma de caracol, que se elevan, exhuberantemente, hacia el techo.

miércoles, 16 de abril de 2008

EL BEERCLOCK (LA NOVELA)

Es probablemente la mejor novela de lo que va de década de los 0, a pesar de haber sido silenciada por casi todos los medios de comunicación de los países occidentales.

Describe a través de la ciudad de Londres la perversidad del sistema capitalista en sus versiones más brutales. Pero el autor va más allá de la vertiente política para entretejer un certero retrato de toda la condición humana, individual y colectiva, y de su extraña presencia en un universo tan caótico y absurdo como la propia capital británica.

Después de un arranque prometedor que plantea misteriosas incógnitas, la novela entra en una frase descriptiva que por momentos resulta lastimosamente lenta y aburrida, imitando intencionadamente el propio estilo de vida robótico de los habitantes de las grandes ciudades del mundo industrializado.

Luego nos sumergimos en una alucinante fase onírica en la que asistimos a la particular bajada a los infiernos del personaje principal, que se completará en los últimos capítulos con un terrible y destructivo giro argumental y con un párrafo final que por su ironía, originalidad y capacidad de síntesis, es uno de los mejores párrafos finales de cuantas novelas hayan sido escritas en la historia de la literatura.

La historia responde a una compleja estructura en la que los hechos no se suceden en orden cronológico, sino que se van anticipando y demorando para dar lugar a una sorprendente trama que salta de un plano a otro de la existencia; del inconsciente a la vida psicológica consciente, del urbanismo a la política nacional; de la política internacional al funcionamiento del universo, y todos ellos se explican y se construyen -y se destruyen- entre sí, como si la novela fuera, tal como la definió su autor "un laberinto de espejos".

Hay varios capítulos verdaderamente impactantes, pero uno de ellos incluye un grado de pornografía tan extremo que sería difícilmente tolerable por una persona sensible; así que tanto los menores de edad como las personas normales deberían abstenerse de leer este libro.

En este blog ya publicamos sendos anticipos dedicados al propio personaje del Beerclock y al metro de Londres. Ahora el Chino Muerto ofrece la novela en exclusiva a sus lectores de manera totalmente gratuita. Puedes leer The Beerclock pinchando aquí. Recuerda que esta obra pertenece a su autor y que su distribución está sujeta a una licencia que permite leerla y divulgarla libremente, siempre que ello se haga sin ánimo de lucro.

lunes, 18 de febrero de 2008

ARQUITECTURA BRITÁNICA HOSTIL

Pese a contar con varias zonas monumentales llenas de edificios históricos, el 90% de Londres tiene más o menos este aspecto, e incluso a menudo mucho peor.


Casas residenciales bajas, de ladrillo, todas iguales, y de vez en cuando una zona con 4 ó 5 edificios altos que hacen de centro del barrio y donde se concentran dos o tres tiendas. Los edificios son sucios y viejos por fuera y por dentro, pues en Inglaterra apenas hay comunidades de vecinos ni nada parecido que mantenga cierto orden. Así que si no es un edificio de ricos que se puedan gastar en cámaras de vigilancia y en contratar a un portero, las zonas comunes (pasillos, escaleras, rellanos, ascensores, etc.) son accesibles a los jóvenes gamberros y por ello están siempre llenas de grafitis, restos de botellas de vidrio roto, colillas, basura en general, meadas. Edificios del estilo de éste, que está en Elefant and Castle.


No se trata de ejemplos aislados. El centro de la mayoría de las ciudades inglesas es así:

"Desde la cima de este edificio se obtienen las mejores vistas de la ciudad, pues es el único lugar de la ciudad desde el que no se ve este edificio"



El siguiente es un ejemplo de arquitectura británica típica que podría estar situado en cualquier ciudad de esa isla abyecta, ya que, con media docena de honrosas excepciones, todas las ciudades inglesas son prácticamente iguales:

Si tenemos en cuenta que en el peor país del mundo la mayoría de los edificios tienen como máximo de 2 o 3 plantas, nos podemos imaginar el horror que estas moles hostiles significan y la tortura visual que representan.

Lo que viene a continuación no es un aeropuerto soviético abandonado, sino un centro comercial de una ciudad británica, donde se supone que las familias con niños van a pasar el día para hacer compras e ir al cine:


El siguiente edificio está en Sheffield, pero en Londres he visto 200 peores:

"En las mañanas brumosas parece surgir entre la niebla como una especie de nave espacial extraterrestre, llenando de terror a todo el que fija su mirada en él":



miércoles, 12 de diciembre de 2007

IT IS A JOURNEY TO THE END OF THE WORLD...

Con esa enigmática y hermosa frase se inicia una de las películas inglesas más interesantes de la historia. No está en youtube, pero yo la encontré en el kazan unos meses atrás. London, de Patrick Keiller, largometraje en el que no participa ningún actor, y que consiste meramente en una sucesión de diversos planos fijos de la ciudad, mientras una sugerente voz en off explica en inglés educado las andanzas por la capital de los dos protagonistas del film.

Tras la frase inicial, tomada de una novela de Jonathan Swift; con la imagen del Tower of London bridge en un día nublado y contaminado, asistimos a una de las más poéticas y a la vez crudas y certeras descripciones sobre la ciudad del Támesis que se hayan recitado jamás.

Dirty old Blighty. Undereducated, economically backward, bizarre. A catalog of modern miseries, with its fake traditions, its Irish war, its militarism and secrecy, its silly old judges, its hatred of intellectuals, its ill health and bad food, its sexual repression, its hypocrisy and racism, and its indolence. It's so exotic, so . . . homemade.

Año 92. El protagonista acaba de llegar del extranjero después de varios años sin pisar la ciudad. Robinson, profesor universitario homosexual que fue amante suyo durante su juventud, le ha llamado pidiéndole que retorne urgentemente, pues se encontra a punto de realizar un importante descubrimiento sobre la esencia de Londres. Poco se nos dice sobre el tal Robinson:

Robinson lives in the way people were said to live in the cities of the Soviet Union. His income is small but he saves most of it.

He isn't poor because he lacks money but because everything he wants is unobtainable.
Juntos, aunque en ningún momento del film se les ve, comienzan una serie de periplos por las zonas más literarias de Londres, en especial aquellas que dieron cobijo en siglo XIX a poetas franceses exiliados como Rimbaud, Verlaine o Baudelaire. Pero en ninguno de esos parajes encuentran atisbo alguno de poeticidad o de esa rebeldía decimonónica, sino una ciudadsucia y hostil, sin apenas vida social.
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In the supermarket we found a cafe with friendly staff and pleasant, inexpensive food, but there was no sign of anyone writing poetry.London, he says, is a city under siege from a suburban government which uses homeless, pollution, crime, and the most expensive and run down public transport system of any city in western Europe as weapons against Londoners' lingering desire for the freedoms of city life.

A cada paso que dan, la ciudad se les antoja más hostil:

There is no town in the world which is more adapted for training one away from people and training one into solitude.

Esta película sirvió de inspiración a la novela "The Beerclock" de Elvar Ata, otra crítica feroz al modo de vida inglés y al capitalismo anglosajón.

Far in the distance the tugboat whistled; its shade all passed the bridge. . . . It was summoning all the barges on the river, every last one, and the whole city and the sky and the countryside, and ourselves, to carry us all away . . . and that would be the end of us.

Pese al tono general de la película, más bien grave y metafísico, la crítica política alcanza momentos de gran sentido del humor:

On June the 4th we passed through Leicester Square again and found it being officially reopened by the queen who was to switch on a new electricity substation which had been built beneath it. We heard that earlier someone in the crowd had shouted "Pay your taxes you scum" but there had been no other incidents.

Uno de los momentos más agudos es cuando los dos protagonistas asisten horrorizados a una enésima victoria de los conservativos en las elecciones generales del año 92. Pese a que las condiciones de vida de los británicos se deterioran año tras año, debido a las salvajes políticas capitalistas de los tories, el populacho inglés ha acabado votándoles una vez más. Ello nos remite al clásico fenómeno de los pobres de derechas, y cómo la clases populares europeas han ido sucumbiendo a la propaganda de los capitalistas hasta acabar votandoles una y otra vez por motivos abstractos de patriotismo o para salvaguardar a la nación de amenazas más o menos ficticias, aunque ello pusiera en peligro sus conquistas sociales y sus intereses de clase. Si bien es cierto en los países anglosajones tal fenómeno se produce de una manera más flagrante que en el resto de Europa, por ser en esos países donde el capitalismo ha llegado a extremos más despiadados.
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Robinson began to consider what this result would mean for him. His flat would continue to deteriorate and its rent increase. He would be intimidated by vandalism and petty crime. The bus service would get worse. There would be more traffic and noise pollution and an increased risk of getting knocked down crossing the road. There would be more drunks pissing in the street when he looked out of the window and more children taking drugs on the stairs when he came home at night. His job would be at risk and subjected to interference. His income would decrease. He would drink more and less well. He would be ill more often. He would die sooner. For the elderly or anyone with children it would be much worse. For London as a whole, there would now be no new elected metropolitan authority. The public transport system would degenerate into chaos as it was deregulated and privatised. There would be more road schemes. Hospitals would close. As the social security system was dismantled there would be increased homelessness and crime, with police more often carrying guns. The population would continue to decline as those who could would move away and employers followed.

Su periplo les lleva al carnaval de Nottin Hill del que sacan paradójicas conclusiones:

He asked me if I find it strange that the largest street festival in Europe should take place in London, the most unsociable and reactionary of cities. I said that I didn't find it strange at all, for only in the most unsociable of cities would there be a space for it. And in any case for many people London was not at all unsociable.

Y finalmente, se dedican a buscar el origen de Londres. Gran paradoja, la única ciudad europea en la que el distrito financiero, con las sedes principales de los grandes ancos y empresas de seguros, se encuentre ubicado en el mismo centro histórico y no en las afueras, ocurriendo que los mayores rascatas se encuentran en tortuosas y estrechas calles de traza medieval.
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He argued that the failure of London was rooted in the English fear of cities, a protestant fear of popery and socialism, the fear of Europe, that had disenfranchised Londoners and undermined their society. He denounced the anachronisms of the City and its constitutional privileges.

Después de un momento de caos en el que Robinson a punto está de perder el conocimiento y la vida, el protagonista de la película llega a una conclusión tan sorprendente como brillante. Si pensáis ver la peli, es mejor que no leáis esta frase:

For Londoners, London is obscured. Too thinly spread, too private for anyone to know. Its social life invisible, its government abolished, its institutions at the discretion of either monarchy or state or the City, where at the historic centre there nothing but a civic void, which fills and empties daily with armies of clerks and dealers, mostly citizens of other towns. The true identity of London, he said, is in its absence. As a city it no longer exists. In this alone it is truly modern. London was the first metropolis to disappear.

domingo, 22 de julio de 2007

EL METRO DE LONDRES

Varios gobiernos habían intentado colonizar la difícil región de Inglaterra llamada Londres. En 1728, más de 15.000 ciudadanos fueron enviados a la zona con la consigna de asentarse y de fundar una ciudad. Se levantaron algunos barrios de carácter administrativo y residencial, pero los colonos terminaron por abandonar el proyecto y marcharse, espantados por las adversas condiciones del clima y del terreno, en particular por el doliente viento y por la inexistente alternancia entre día y noche, pues la luz del sol aparecía por estos parajes sólo un día al año. Las sucesivas administraciones optaron desde entonces por una política de incentivos que tampoco dio resultados. En 1827 se proyectó una ciudad que contenía todas las comodidades conocidas en esa época: los sobrecostes y las dificultades del sitio acabaron con ella sólo unos meses después del comienzo de las obras. Así que a finales del siglo XIX la zona seguía siendo una de las menos habitadas de Europa, con una densidad inferior a la de las regiones árticas de Rusia y de Escandinavia, y sólo ocupada por algunas tribus de nativos, que vivían en los altiplanos y se dedicaban al pastoreo.

En 1897, un tal Richard Adams, parlamentario de la Cámara de los Lores -que por entonces estaba emplazada en Edimburgo-, sorprendió con una propuesta que consistía simplemente en dotar a la zona de un extenso sistema de ferrocarriles suburbanos. Según Adams, la mera existencia de una vasta red de metro, conectada mediante trenes convencionales en superficie con las principales ciudades inglesas, atraería espontáneamente un gran número de iniciativas de carácter privado, con la consiguiente afluencia de capitales y de mano de obra. Esta idea sonaba entonces tan estrafalaria como ahora, pero debido a la ausencia de cualquier otra fue aceptada por el Parlamento británico, y lo que es más sorprendente, tuvo un éxito inmediato. Diez años después de su fundación, vivían en la nueva ciudad de Londres más de dos millones de personas, el ochenta por ciento de los cuales habitaba en los barrios subterráneos que habían ido surgiendo alrededor y encima de las estaciones y de las paradas. Estos barrios subterráneos, algunos con una profundidad de varios centenares de metros, desbordaron el perímetro inicial de la zona, y ya en los años 70 ocupaban toda la superficie comprendida entre Enfield y Croydon, en dirección norte-sur, y entre Havering y Hillington, en dirección este-oeste. En cuanto a las construcciones situadas al aire libre, éstas se asentaban en los valles, quedando por edificar las grandes montañas que hay diseminadas por toda la ciudad.

El centro político y financiero de Londres lo forman tres distritos ubicados en la superficie: Westminster, Covent Garden y el Soho, en medio de los cuales se halla la famosa montaña que los londinenses conocen como Hyde Park, de la cual hablaremos más adelante. En toda esta zona predominan las amplias avenidas y los edificios de carácter administrativo y comercial, algunos de ellos tan conocidos como el palacio de Buckinham, el nuevo parlamento o la abadía de Westminster, que fueron construidos a mitad del siglo XX, recreando los estilos más representativos de la arquitectura británica antigua. El 24 de Junio, única jornada del año en la que se hace de día en la ciudad, se celebran en estas calles los populares desfiles monárquicos, a los que asisten casas reales de todo el mundo. Esta tradición tan arraigada entre los ciudadanos se suele completar con una excursión familiar a la montaña de Hyde Park, en cuyas laderas medias y altas habitan todavía algunas tribus de aborígenes. Excepto los senderistas más expertos y algún que otro antropólogo, los londinenses no acostumbran a llegar hasta sus poblados y se conforman con remontar las primeras laderas, lo cual resulta un alivio para los nativos, poco amigos de mezclarse con el "hombre civilizado".

Pero al margen de todas estas curiosidades, lo más destacable de Londres es sin duda la parte construida en el subsuelo. Esta auténtica megalópolis subterránea, en la que habitan más de diez millones de personas, contiene todos los contrastes de las grandes ciudades modernas, algunos de ellos acrecentados por la peculiar disposición geográfica. Por lo general los barrios son mejores en la medida en que se ubican en las zonas céntricas, a pocos metros de la superficie y cerca de las paradas de metro. En sus lujosas galerías florecen los comercios más distinguidos, así como los almacenes más selectos. Hay en ellos enormes jardines, bulevares, zonas residenciales de alto standing. Están bien comunicadas por líneas de metro y por calles y avenidas subterráneas. Pero a medida que se desciende el subsuelo, las galerías se van haciendo más tortuosas, las comunicaciones más precarias y el urbanismo caótico y asfixiante. Algunos de los barrios profundos son auténticos arrabales sin ley, donde las fuerzas del orden apenas se atreven a entrar, y donde los ciudadanos -algunos de los cuales nunca han salido a la superficie-, viven en condiciones precarias, hacinados en habitáculos excavados a decenas de kilómetros de profundidad, los famosos "hellcrapers".

La parte más hermosa del subsuelo londinense se halla junto al considerado como centro histórico de la ciudad subterránea. Se trata de una larga galería cuyo piso está cubierto de una moqueta, que atraviesa consecutivamente y por el centro una concatenación de unos cuarenta millares de salas cine, dejando a su izquierda la pantalla y las localidades más cercanas a ella, y a su derecha las butacas más elevadas, que están rodeadas, en todas las salas, por un corto y estrecho pasillo con paredes de papel. Estos pasillos están flanqueados por dos hileras de eucaliptos, y detrás de uno de ellos hay un frondoso bosque. La película que se proyecta en las cuarenta mil salas muestra una nube de humo rosa en continuo fluir, una nube de humo luminoso en movimiento eterno, igual y diferente a sí misma, en medio del universo, una nube mágica de color rosa que sumerge en el éxtasis a los espectadores del film, levantándolos hacia el espacio vasto de una nebulosa, oscura y densamente encendida, que no es de este mundo pero está en todos los universos.